Una capacidad no siempre valorada, que nos brindará grandes satisfacciones.

–Juanchi, ¿por qué no practicas con la nueva partitura que dejó tu profesora de piano? –le pregunté a mi hijo mayor.

–No puedo, mamá, la profe me dijo que, como es compleja, prefiere que la aprendamos juntos desde el inicio. Me explicó que si la aprendo mal después me costará más. 

Hay mucha verdad en esta afirmación. Cientos de estudios neurológicos aplicados al aprendizaje lo confirman. Todos sabemos lo firme que puede quedar grabado en nuestras memorias el primer aprendizaje, ¡y cómo cuesta luego modificar lo aprendido!

Lo que vemos en nuestros padres es aprendido casi sin ningún nivel de evaluación e incorporado de forma automática a nuestra perspectiva, ordenando y dando sentido a toda experiencia; tanto que preferimos no cuestionar nuestras primeras profundas creencias (más bien tendemos a justificarlas y defenderlas), desde nuestros hábitos de alimentación y cuidados hasta nuestras más complejas concepciones de la vida.

Es evidente la gran responsabilidad que padres, madres, maestros y adultos significativos comparten en el desarrollo de los niños. Gran parte de esas enseñanzas serán útiles y provechosas. Sin embargo, e inevitablemente, otro tanto puede ser erróneo, ineficiente, debilitante, o simplemente estar en discordancia con lo que será el posterior desarrollo de esa persona.

“Así se hacían las cosas en mi casa”, decía mi padre siempre. Es una gran bendición poder tener buenos ejemplos de nuestra niñez. Por otro lado, hay muchas vivencias que no son necesariamente provechosas ni aportan sabiduría, por más que hayan sido enseñadas por personas amadas, tales como mensajes desvalorizadores o debilitantes, junto con temores y prejuicios que nunca pudieron ser cuestionados por un cerebro infantil.

Por lo tanto, igual de importante que la capacidad de aprender es la capacidad de reaprender; es decir, cuestionar lo que previamente hemos aprendido y ser capaces de mejorarlo. A partir de la adolescencia, con la profundización del pensamiento abstracto y crítico, se vuelve posible analizar y cuestionar hasta los conceptos más sofisticados. Es una capacidad que se va perfeccionando y ampliando en la vida adulta, y es imprescindible para el desarrollo maduro de la identidad única y responsable de cada persona. Necesitamos hacernos cargo de analizar y valorar tanto lo positivo como lo negativo en nuestra experiencia de aprendizaje; en otras palabras: reaprender de forma madura y honesta las enseñanzas que son cuestionables a la luz de la persona que queremos ser.

Cuando un niño ama y admira a un adulto, las vías de aprendizaje están muy abiertas y son potenciadas, porque en general los adultos tendemos a enseñar desde el éxito. Así, frecuentemente se transmite la idea de que admitir errores y fracasos es de débiles, y por lo tanto el adulto debe mostrar seguridad sin autocuestionarse ni permitirse evaluar sus creencias. Los estudios demuestran lo contrario: aprender a reconocer nuestras debilidades y la importancia de reaprender son una de las enseñanzas más fortalecedoras que podemos heredar a nuestros hijos. No siempre los tiempos pasados fueron mejores, ni lo ancestral garantiza salud.

Ya lo escribió San Pablo: “El Señor me ha dicho: ‘Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad’. Así que prefiero gloriarme de ser débil, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Cor. 12:9, DHH).

Nuestra capacidad de reaprender es una fuerza esperanzadora que nos impulsa a crecer incorporando el análisis honesto de lo aprendido y la inclusión del error como parte del éxito, no porque el error sea inocuo o placentero, sino porque nos indica dónde debemos localizar el esfuerzo. 

Si estás interesado en potenciar esta capacidad en ti, te aconsejo lo siguiente:

  • Acostúmbrate a analizar cómo piensas, sientes y actúas.
  • Practica la escucha activa con amable curiosidad, intentando entender otros puntos de vista.
  • Cuenta también sobre tus fallas y fracasos (atraviesa el dolor de la caída y renueva el entusiasmo para continuar).
  • Mantén una actitud abierta al aprendizaje durante toda la vida.
  • Enseña a los que amas a disfrutar de este maravilloso camino.

One Response

  1. Ana Baladino

    Excelente trabajo. Siempre podemos reaprender, debemos tomarnos el tiempo, por y para nosotros y … para los otros.
    Gracias

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