Una perspectiva de eternidad en solo diez centímetros.

“¿Para qué sirve esto?”, gruñó el inspector, mostrándole un nudo en una cuerda. El joven conocía la respuesta, ya que se había preparado bien para el examen náutico. Dominaba los diferentes tipos de nudos, conocía la reglamentación vigente y maniobraba la lancha con destreza. Su pasión por los deportes náuticos lo había llevado a buscar la certificación necesaria para poder manejar, oficialmente, un bote con motor.

“Esto sirve para cuando una cuerda o una soga se rompe. Uno hace este nudo, y entonces la parte de la soga rota…” El inspector lo detuvo en seco: “¡No, señor! Usted está rindiendo el examen de timonel náutico. ¡Esto no es una soga! Es un cabo”.

A pesar de este desencuentro lingüístico, el joven volvió a su casa feliz ese día. Se había recibido de timonel náutico.

Quisiera invitarte a meditar sobre este objeto: la soga (o la cuerda, o el cabo… como quieran llamarlo). Imagina una cuerda de tres metros. No, mejor una de diez. Sí, una de diez metros. No tiene un nudo para “remendarla”, como el que mostró el inspector, sino que está entera y en muy buen estado. Una punta de la cuerda está pintada de rojo (unos diez centímetros). El resto de la cuerda es de color neutro.

Recuerda: diez centímetros de color rojo y 9,90 metros de color neutro. Cuando termines de leer este artículo, haz un dibujo de esta cuerda, mírala una y otra vez, y piensa en la sencillez y la profundidad del mensaje.

Ese mensaje nos lo trajo un día nuestro pastor, al final de su predicación. Sostuvo la soga en su mano y nos interpeló: “Imagina que tu vida está representada por la parte roja de esta soga. Allí están todos tus años, todos tus logros, todas tus luchas. A veces miramos esta parte roja y pensamos que es todo lo que hay. Nos concentramos únicamente en la parte roja. Pero, cuando miramos al resto de la soga, que representa la eternidad que viviremos con Jesús en nuestro hogar celestial, la perspectiva sobre nuestra existencia cambia completamente”.

Este ejercicio me marcó, y no lo he olvidado, por más que varios años hayan pasado desde aquel sábado. Mediante un sencillo objeto –así como lo hacía Jesús con sus parábolas–, el conocimiento emocional se unió al conocimiento intelectual de lo que sabía sobre lo que nos espera en el cielo.

Jesús dijo: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy pues a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:1-3). Cuando leas este texto, piensa en la soga. Verás cómo te ayuda gráficamente a tener fe en esta promesa que nos dejó Jesús.

Es muy fácil concentrarnos casi únicamente en la parte roja de la soga. La vida aquí, en esta Tierra, es compleja e injusta porque este mundo, lleno de pecado, es complejo e injusto. ¡Pero la soga tiene solo diez centímetros de lo que es nuestra vida aquí, en la Tierra!

Cuando quitamos los ojos de la parte roja, podemos imaginar todo lo que nos espera cuando vivamos eternamente con Jesús en el cielo. “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y el morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apoc. 21:3, 4). Parafraseando, diríamos: “Porque los diez centímetros ya pasaron”.

La vida compleja e injusta tendrá un límite. Pero el “resto de la soga” será infinito. ¿Te lo puedes imaginar? ¿Puedes empezar a alegrarte ahora mismo por el resto de la soga? ¿Qué tal sería si pensaras en esta soga todos los días? Verías cómo tu fe crece y anticipa la vida que viviremos durante la Eternidad. Verías cómo lo terrenal pierde valor, y aquello que te parece terrible sobre tu vida será más soportable. Porque tus ojos miran más allá, al lugar donde Dios quisiera que mires con más frecuencia.

Y todo, gracias a la soga… perdón, al cabo. RA

Sobre el Autor

Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

Publicaciones Relacionadas

Responder a Comentario

Tu correo electrónico no sera publicado.