En una sociedad de paradigmas cambiantes, la Biblia exalta una figura clave.

Durante el mes de junio se conmemoró en varios países del mundo el Día del Padre, lo que nos motiva a escribir algunas líneas sobre la importancia del padre dentro de la dinámica familiar. Los tiempos en que vivimos atestiguan fuertes transformaciones sociales y cambios en la estructura familiar, y una de las figuras más afectadas ha sido, precisamente, la del padre.

Desde la psicología, por muchos años se ha resaltado, con justas razones, el estrecho vínculo que se desarrolla entre el niño y la madre, y su marcado impacto en el desarrollo psicológico de los individuos. Pero esto, en detrimento de la figura del padre, quien ha sido el gran ausente en los modelos teóricos propuestos por las diversas líneas de la investigación psicológica. A diferencia de la madre, el padre casi nunca ha sido considerado un “motivo” de promoción y estructuración de la personalidad del niño. Aunque poco a poco se ha ido reconociendo su figura, aún muchos lo consideran una más de las tantas figuras de apego, o un “objeto” secundario.

Al margen de esta visión generalizada, nuevos estudios han puesto de relieve la importancia que la figura progenitora masculina posee en el interior de las dinámicas familiares y en el desarrollo psicológico del niño. Entre la literatura más representativa sobre las influencias de la figura paterna en el desarrollo del niño, se han resaltado tres áreas importantes del comportamiento infantil:

  1. El padre tendería a desarrollar una mayor autonomía e independencia en el hijo, al facilitar el proceso de separación-individuación de la madre.

2. El padre impulsaría la diferenciación y la tipificación sexual en los hijos. Esto se asocia al hecho de que el padre, más que la madre, tiene comportamientos diferenciados con sus hijos en relación con su sexo. Por otra parte, se muestra más interesado en la diferenciación sexual y, por lo tanto, ejerce una mayor influencia sobre esta tipificación.

3. El padre promovería la adquisición de los valores sociales y, por consiguiente, el desarrollo moral. El padre es el representante de la ley, y el niño busca acceder a su afecto y su amor a través de la obediencia.

Más allá de los cambios de paradigmas, y enmarcándonos en el trasfondo espiritual que nos ofrece la mirada del Gran Conflicto, el enemigo de Dios ha procurado debilitar desde siempre la influencia que el padre puede ejercer desde el seno del hogar para bien de las futuras generaciones. A veces, asignándole al hombre un rol predominante fuera del hogar, excusándolo así de su negligente mirada sobre los quehaceres del hogar y la crianza de los niños. Otras, devaluando su imagen dentro de la esfera familiar o presentando modelos alternativos de familia donde su figura es fácilmente reemplazable.

Por su parte, la Biblia destaca de muchas maneras el rol importante que el padre ejerce dentro de la familia y en el desarrollo integral de los hijos; un rol complementario al de la madre, con quien comparte los mismos deberes y obligaciones. Es deber del padre instruir a sus hijos en la Palabra de Dios y en los caminos del Señor (Deut. 6:6-9; 11:19).

El ejemplo bíblico de Job ilustra la función del padre como sacerdote del hogar, al interceder en oración ante Dios por su familia; de manera particular, por sus hijos (Job 1:5). El padre es para sus hijos tanto fuente de compasión (Sal. 103:13) como de instrucción y disciplina (Prov. 13:24; 19:18; 29:17).

Tomando la imagen bíblica, Elena de White presenta al esposo y padre como “la cabeza de la familia” (El hogar cristiano, p. 188), metáfora que no enfatiza tanto su jerarquía como su misión y su función dentro del hogar, pues lo presenta como “el vínculo de la familia, el que une sus miembros” (ibíd., p. 192). El esposo y padre “es el vinculador de los tesoros del hogar, y por su afecto fuerte, fervoroso y consagrado une a los miembros de la familia […] con los lazos más fuertes” (ibíd., p. 188). Ella añade que, “como cabeza de su familia, el padre debe entender cómo ha de educar a sus hijos para que sean útiles y cumplan su deber. Tal es la obra especial de él, la que supera toda otra labor” (ibíd., p. 198).

El modelo más claro y confiable de paternidad que todo hombre debería imitar es el que nos ha sido mostrado por el propio Padre celestial, que nos creó. Un modelo de amor comprometido y abnegado, que busca la completa redención y restauración de cada uno de los miembros de su familia (Juan 3:16; 1 Juan 3:1; Luc. 15; Rom. 8:32; Efe. 5:25-29). RA

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