“El Señor ha dado; el Señor ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del Señor!” (Job 1:21).

A veces solo los poetas encuentran la forma de decir lo que otros quisieran. Podría ser el caso del peculiar “Ofertorio” de Amado Nervo:

“Dios mío, yo te ofrezco mi dolor:
¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!”

Es posible concordar y disentir con Amado Nervo. Verdad es que podemos entregar todo a Dios, incluso el dolor. Es cierto también que a veces se nos antoja un don demasiado mezquino e inadecuado. Y, sin embargo, la entrega es lo que el Dios nuestro siempre espera. ¡Qué otra cosa más cara podríamos encomendarle que aquello que nos duele más profundamente! Es cualquier cosa, menos indiferencia (que es, en todo caso, la verdadera antítesis del amor).

El dolor del hombre es el dolor del Cielo, dolor que irrumpió precisamente cuando el hombre olvidó entregarle todo a Dios, según se lee por primera vez en Génesis capítulo 3. A partir de entonces, todo se volvió pesado y efímero, precariedad de la que no escapan lo que amamos ni los que amamos. Esas pérdidas nos silencian, nos intimidan, como a los amigos de Job: “Y ninguno le decía palabra alguna, porque veían que su dolor era muy grande” (Job 2:13).

A pesar de todo, la Revelación nos seduce una y otra vez con su relato de una Tierra sin sombras, y sin el dolor mencionado por última vez en Apocalipsis 21:4: “Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. Y no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron”.

Es posible, entonces, entregar al Señor nuestro dolor y recibir a cambio un motivo para la esperanza.

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