¿Cómo sigue tu vida después de que algo se rompió?

Construir sobre algo roto no es fácil. Pregúntale al hombre que perdió a su esposa y que quiere iniciar una nueva relación. O a la mujer maltratada, que no logra confiar en la gente que se le acerca. O al joven que intenta convencerse de que es capaz de conseguir otro trabajo después de que lo echaran del anterior por razones dudosas. O a aquel que se equivocó tan feo que está paralizado por la culpa y el remordimiento.

Pregúntale a Pedro, el discípulo de Jesús, en aquellos días después de la resurrección de su Maestro; de su amado y negado Maestro. Los que sabemos algo de impulsividad y que solemos –o solíamos– equivocarnos mucho y recriminarnos por nuestras barbaridades, podemos imaginarnos bastante bien cómo se sintió Pedro después de su “ilustre” intervención en el patio de la casa del sumo sacerdote Anás (Juan 18:15, 25-27).

¿Cómo fui capaz de decir eso? ¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¿En qué estaba pensando cuando dije lo que dije? ¿Que no lo conocía a Jesús? Eres capaz de romper, en pocos minutos, una preciosa relación de confianza y amor que cultivaste día tras día durante tres años.

¿Y ahora? ¿Cómo sigue tu vida después de que algo se rompió?

Necesitas tiempo. “Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios. Yendo ella, lo hizo saber a los que habían estado con él, que estaban tristes y llorando. Ellos, cuando oyeron que vivía, no lo creyeron” (Mar. 16:9-11).

Cuando algo se quiebra en nuestra vida, no somos capaces de absorber buenas noticias enseguida. Nuestras emociones están paralizadas, y probablemente nuestras neuronas también. Pedro no solo estaba de duelo, estaba también sumergido en un profundo sentimiento de culpa. El dolor del duelo se iba a disipar con el tiempo. Pero ¿la culpa?

Necesitas esperanza. “Y salieron Pedro y el otro discípulo y fueron al sepulcro” (Juan 20:3). No creían que Jesús estuviera vivo, pero se fueron corriendo al lugar donde podían tener una respuesta. Querían ver el sepulcro y empezar a pensar desde ahí, con más elementos concretos, con más evidencias que la simple palabra de alguien.

A veces, por más confiable que sea la persona que nos trae buenas noticias, necesitamos más. Necesitamos buscar por nosotros mismos aquello que nos va a permitir construir y seguir adelante. Esa necesidad de esperanza te impulsa a la acción, a la búsqueda, y a superar los temores que pueden estar abrumándote. Pero, probablemente lo que encuentres no sea suficiente para darte la paz que necesitas para empezar a construir.

Ahí, en ese lugar, necesitas gracia. “Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron. Pero ir, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo” (Mar. 16:6, 7, énfasis añadido).

Pedro estaba incluido. Los otros discípulos no estaban abrumados por el peso de la culpa; Pedro, sí. Y Dios se encargó de que un mensaje especial, lleno de gracia, llegara a sus oídos. Pocos días después, Jesús mismo le dio una terapia magistral para reafirmar y restaurar su confianza y su fe (Juan 21:15-19).

Cuando algo se rompe en nuestra vida, necesitamos tiempo, esperanza y, sobre todo, gracia. Encontramos esa gracia en abundancia cuando leemos y estudiamos las Sagradas Escrituras. Y la podemos hacer nuestra si aceptamos con humildad que el Espíritu Santo trabaje en nuestro corazón. En nuestros momentos de meditación, junto a la Biblia, podremos pensar en lo que significa ese trato magnífico que Dios nos da, a pesar de nuestros errores o de las circunstancias difíciles que nos toca vivir.

Dios, en su gracia, nos ofrece una página en blanco, para volver a empezar a escribir nuestra historia. Nos recuerda su amor sin límites. Pone a nuestra disposición los recursos que necesitamos para empezar a construir algo nuevo. Nos llena de paz y serenidad. Nos inspira a ponernos en movimiento. Pinta una nueva sonrisa en nuestro rostro.

Y, si Dios nos trata tan bien, podremos dejar atrás los reproches que nos hacemos a nosotros mismos, o los sueños rotos, o los sufrimientos que nos llegaron gratuitamente, sin que los invitásemos. Aprenderemos a usar la gracia, ese magnífico trato inmerecido, con nosotros mismos y con los que nos rodean.

Recién ahí podremos construir sobre lo que se quebró. Recién ahí nuestra fe podrá renacer. RA

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