¿Cómo actuar frente a los conflictos internos del hogar?

Según la Biblia, la rivalidad entre hermanos se remonta casi al origen del ser humano. Fue inaugurada con el trágico relato de Caín y Abel, los primeros dos hermanos nacidos en este mundo. Desde entonces, este problema se registra de manera persistente en la vida de numerosos personajes, tales como Ismael e Isaac, Jacob y Esaú, José y sus hermanos, y Abimelec y sus hermanos, entre otros. En cada caso, la armonía se vio alterada por diversos factores, como los celos, el egoísmo y la parcialidad de los padres (ya sea esta real o percibida).

En comparación con la gran cantidad de estudios sobre las relaciones entre padres e hijos, se ha dedicado relativamente poca atención al papel de los hermanos y su impacto en el desarrollo mutuo. Sin embargo, de los estudios realizados, varios se han focalizado específicamente en el tema de los conflictos entre hermanos, y los resultados han arrojado luz sobre la gravedad del problema. Basándonos en la revisión del tema hecha por Nina Howe, se puede mencionar lo siguiente:

Por lo general, los conflictos entre hermanos son frecuentes, mal resueltos, y en ocasiones altamente agresivos, violentos o, incluso, abusivos.

Los conflictos entre hermanos en la infancia se asocian también con una adaptación más deficiente para ambos más tarde en la vida. Por ejemplo, los niveles extremos de conflicto entre hermanos en la infancia están relacionados con tendencias violentas más tarde como adultos.

Los altos niveles de conflicto pueden ser particularmente problemáticos cuando se acompañan por una ausencia de cariño fraternal.

Cuando los padres tratan a sus hijos de manera diferente, variando directamente las cargas de afecto positivo, responsabilidad, disciplina e intrusión con respecto a los dos hijos, las relaciones entre hermanos son propensas a ser más conflictivas y menos agradables, pero solo si los niños ven las diferencias como injustas.

Es natural que ante esta realidad los padres se pregunten acerca de cuál es la mejor manera de intervenir. Por un lado, es importante mencionar que la constante resolución del problema por parte de los padres puede privar a los niños de las oportunidades que necesitan para desarrollar estrategias de resolución de conflictos por su propia cuenta.

Por otro lado, la falta de intervención puede dar lugar a conflictos de mayor intensidad e impide la creación de instancias más constructivas para la resolución de conflictos. Por eso, es importante que los padres ayuden a estructurar el proceso de negociación, pero que dejen la resolución final en manos de los propios hermanos. Es importante, también, que en el proceso de crianza se inculque en los niños lecciones prácticas de amabilidad, respeto y amor.

Siendo que el tema puede constituir un problema actual de la vida adulta, los cristianos debemos aprender a regir nuestras relaciones interpersonales por los principios bíblicos. En este sentido, son de utilidad las palabras de Pablo en Efesios 4:31 y 32: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Una rivalidad fundada en la niñez no tiene por qué acompañarnos toda la vida. Tal como nos enseña la historia de José, las relaciones entre hermanos pueden ser restauradas por el arrepentimiento, el amor, el perdón y la bondad (Gén. 37-50). Pues “el odio suscita rencillas, pero el amor cubre todas las transgresiones” (Prov. 10:12).

De las relaciones íntimas formadas por los seres humanos, la que se establece entre los hermanos es de las más duraderas y constantes. Esto, debido a que dura más que la mayoría de las amistades y se prolonga más allá de la formación de parejas y de la muerte de los padres. Este estrecho vínculo amplía una historia compartida en la edad adulta, la cual está profundamente arraigada en la niñez. Por eso, es realmente bueno y gratificante que los hermanos aprendan a vivir juntos y en armonía (Sal. 133:1). Las buenas relaciones fraternales pueden ser redentoras (Juan 1:40-42) y de alcances eternos.RA

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