Sin duda, estamos ante la crisis más grave que haya enfrentado el mundo en el siglo XXI, por la conjunción de emergencias sanitarias, económicas, políticas y sociales. Y todavía nadie tiene idea de cuán profundo es el pozo ni de cómo saldremos de él, si es que alguna vez recuperaremos la “normalidad”.

Sin embargo, por más cambiante que esté el panorama, la Iglesia Adventista sigue con su misión intacta, o mejor dicho, con una responsabilidad redoblada ante esa misión. Y es que la misión es salvar. Y eso incluye ahora no solo alertar al mundo acerca del fin inminente y sobre la necesidad de tomar partido por Dios en este desenlace del Gran Conflicto, sino también dar esperanza al angustiado, alimentar al hambriento y socorrer al desesperado ante tantas crisis.

Una tarea titánica que, de a ratos, puede parecernos imposible. Pero no debemos olvidar que “todo es posible si uno cree” (Mar. 9:23, NTV). También era imposible que doce desesperados discípulos (en su mayoría, pescadores sin demasiada instrucción) trastornaran el imperio más grande de la época, permeado de materialismo, sensualidad, prosperidad económica e ideas filosóficas sofisticadas.

Un punto de inflexión claro se da en Pentecostés (Hech. 2). La promesa del derramamiento del Espíritu Santo se cumplió con poder, y del Aposento Alto descendieron ahora doce discípulos encendidos por la pasión de predicar las buenas nuevas y anunciar la segunda venida de Cristo.

Claro, todos conocemos algunos prerrequisitos que debían cumplirse, como la humildad, el perdón de las faltas y la unidad entre ellos. Porque el Espíritu Santo, aunque se derramó sobre ellos de manera individual, tenía como objetivo producir un efecto colectivo a través de la comunidad del pueblo de Dios, la iglesia. Todas las acciones del Espíritu Santo en el libro de los Hechos, a partir de Pentecostés, tienen el objetivo de construir esa comunidad de santos: organizarlos para la misión y capacitarlos para ministrar a los demás.

En este sentido, debemos preguntarnos cómo esta crisis nos encuentra parados en relación con la unidad. Porque la lluvia tardía, al igual que sucedió con la lluvia temprana, debe encontrar una comunidad unida.

La sociedad, de hecho, se encuentra dividida, partida, agrietada. Y, en verdad, la famosa “grieta” no es solo política. Sí, hoy la sociedad enfrenta a los de derecha y a los de izquierda, pero también a los ideologizados y a los pragmáticos, a los fanáticos y a los indiferentes. Las ideologías propias de estos tiempos, como la de género, también confrontan no solo a la sociedad en general, sino también quieren dividir a la humanidad en hombres o mujeres; o, mejor dicho, a machistas patriarcales (que incluiría a personas de “todos” los géneros) y a feministas (que incluirían a personas también de todos esos “géneros” que ni la imaginación puede delimitar).

Y estas discusiones, que atraviesan la sociedad, también suelen resquebrajar el tejido orgánico de la comunidad de los salvos. Pero, a estas grietas se agregan nuestras propias discusiones: entre adormecidos laodicenses y alarmistas apocalípticos, entre exclusivistas sectarios y universalistas ecuménicos, por ejemplo. La lista podría ser larga, pero quiero centrarme, al finalizar este artículo, en la necesidad que tenemos todos de reconocer que no somos infalibles; que no somos sin yerros; que puede haber otra perspectiva; y que, por sobre todas las cosas, los eventos actuales nos fuerzan a ir más allá de las diferencias.

No es que los discípulos se hayan puesto de acuerdo en cada detalle de sus discusiones teológicas o de sus diferencias de apreciación. Se pusieron de acuerdo en que la misión era mucho más grande, trascendente y prioritaria que sus discusiones sectarias y su ego intelectual o moral. Y es en este sentido que hago un llamado a que revisemos nuestras diferencias, nuestras discusiones sectarias, nuestro separatismo, que tiene como base, en muchos casos, una falsa superioridad moral.

Hay una misión que cumplir y un mundo que ganar. No te estoy pidiendo que concuerdes en todo con todos; quizás eso hasta sea imposible. Solo te estoy invitando a que pongas esas diferencias en perspectiva con la misión, a la luz del amor de Dios. Quizá sea hora de dejar a un lado las mezquinas discusiones de pasillo, para abrazar una misión que tiene alcances eternos.RA

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