Por Joel Turpo.

Participé en una reunión virtual de un grupo pequeño de jóvenes. Me invitaron para dar un mensaje de esperanza, pues dos de sus integrantes habían perdido a familiares suyos por causa de la pandemia de la COVID-19. Me sentía comprometido a ofrecer apoyo y dar un mensaje de aliento en medio de la angustia y el sufrimiento.

Tal vez esta no sea tu situación; sin embargo, al ver las noticias, nos embarga la emoción de saber que muchas personas pasan por esta triste experiencia. Me gustaría invitarlos a fijar su mirada en el Edén. Retrocedamos hasta la Creación, a los primeros versículos del libro de Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.La tierra estaba desordenada y vacía, las tinieblas estaban sobre la faz del abismo y el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gén. 1:1, 2).[1]

En el principio, nuestro planeta estaba desordenado, vacío y en oscuridad. Sin embargo, ante este caos primigenio, se yergue la presencia imponente del Espíritu de Dios. La palabra que indica el movimiento del Espíritu divino es merajéfet (de la raíz rajaf).[2] El uso de esta palabra me hace pensar en un sentimiento de tierno amor. En el uso extrabíblico, se refiere a un ave que empolla sobre sus huevos o polluelos,[3] de padres que acarician a sus hijos o una madre que calma a un niño.[4] Dado este rango semántico, podríamos ver al texto de esta manera (mi traducción):

“La tierra estaba desordenada y vacía;
la oscuridad, sobre la faz del abismo.
Pero el Espíritu de Dios, acariciando con amor,
estaba sobre la faz de las aguas”.

Dios se mueve tiernamente, con amorosa preocupación por su Creación desde el Edén. La palabra merajéfet indica que, mucho antes de la creación del hombre, Dios tenía cuidado amoroso de este planeta. Él nos amó aun antes de que existiéramos. El sentido de esta palabra se expresa muy bien en Deuteronomio 32:11: “Como un águila que despierta su nidada, que revolotea sobre sus polluelos, extendió sus alas y los tomó, los llevó sobre su plumaje”.[5] El cuidado de Dios se hizo evidente durante la peregrinación del pueblo de Israel por el desierto. Su Espíritu estuvo con ellos, con amorosa atención para cuidarlos y protegerlos durante su recorrido (Hag. 2:4, 5; Isa. 63:11-14).

Imágenes de Dios como un ave

La Biblia muestra muchas metáforas de Dios como un ave, con alas que protegen a sus hijos. Es más, la única protección se encuentra al amparo de sus alas, por lo cual el salmista clama: “Escóndeme bajo la sombra de tus alas” (Sal. 17:8; ver Sal 57:1; 61:4).

De pequeño, mis padres me contaron una ilustración de un gran incendio que arrasó con una granja. Cuando terminó el incendio, entre los restos se encontró una gallina quemada. Al moverla, salieron tres pollitos. La gallina los había protegido con su vida bajo el resguardo seguro de sus alas. Me pregunto: ¿Qué habría pasado si un pollito se hubiera rebelado y no hubiera querido refugiarse al amparo protector de las alas? El pollito podría haber dicho: “¡No me gusta que me den órdenes! ¡Quiero hacer mi voluntad! ¡Quiero ser libre!” Con estas actitudes, hubiera sellado su muerte bajo el incendio fulminante. Sin embargo, ¿no hacemos esto los seres humanos, cuando preferimos andar por nuestra cuenta, rechazando la invitación divina de estar bajo la “sombra del Omnipotente” (Sal 91:1)?

Muchas veces, los seres humanos rehúsan el resguardo protector de nuestro Dios y prefieren rechazarlo, quedando a merced a la destrucción que acarrea el pecado. Es absurdo pensar que, ante la posibilidad de salvarse de una aniquilación segura, uno rehúse el pronto socorro. Sin embargo, muchos seres humanos rechazan la tierna invitación de salvación divina que asegura la vida eterna.

Esta fue la triste experiencia del pueblo de Israel, quien sistemáticamente rechazó la tierna y amorosa invitación de salvación divina, en una continua apostasía. Dios levantaba sus profetas para llamarlos al arrepentimiento, lo que no se pudo lograr (2 Crón. 36:15, 16). Con la venida del Mesías, el Cielo realizó la invitación más poderosa dada alguna vez al mundo. Sin embargo, la invitación fue rechazada: “A lo suyo vino, pero los suyos no lo recibieron” (Juan 1:11). Al final, Jesús, suspirando con una compasión y un amor sin límites, clama: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, pero no quisiste! (Mat. 23:37).

Estar al amparo de las alas de Dios implica, en conexión con Génesis 1:2, un proceso de creación –o, en nuestro caso, de recreación–, de volver a ser creados por Dios en la condición inicial. Hoy, Dios nos invita nuevamente a escondernos bajo la sombra de sus alas, donde hay seguridad, como dice el salmista en el Salmo 91:

“El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: ‘Esperanza mía y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré’. Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro; escudo y protección es su verdad”.

Te invito a guarecerte bajo la sombra de sus alas, en la presencia y la comunión íntima de nuestro buen Dios y Salvador.


Joel Turpo es doctor en Teología. Actualmente sirve como director de Bienestar Universitario en la Universidad Peruana Unión, campus Tarapoto.


Referencias:

[1] Todas las citas bíblicas son de la versión Reina-Valera 1995, a menos que se indique otra versión.

[2] Wilhelm Gesenius y Samuel Prideaux Tregelles, Gesenius’ Hebrew and Chaldee Lexicon to the Old Testament Scriptures (Bellingham, Washington: Logos Bible Software, 2003), p. 766.

[3] Para Keil y Delitzsch, el sentido de esta raíz en la conjugación pi‘el se aplica al suspendido y anidado de un ave sobre sus polluelos, para calentarlos y desarrollar sus poderes vitales (Deut. 32:11). (Ver Carl Friedrich Keil y Franz Delitzsch, Commentary on the Old Testament [Peabody, Massachusetts: Hendrickson, 1996], t. 1, p. 30.)

[4] Gesenius y Tregelles, p. 766.

[5] Versión La Biblia de las Américas.

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