Todos dormían en el campamento de Sitím, pero la adrenalina no le dejaba conciliar el sueño. Sabía que Dios estaba guiando a los muchachos, pero su mente de aventurero lo invadía con preguntas: ¿Dónde estarán pasando la noche? ¿Alguien los habrá recibido? ¿O tendrán que dormir escondidos?

Hacía cuarenta años, cuando era joven, él también había sido espía, junto con Caleb. Conocía muy bien los riesgos de una misión como esa. Pero también sabía que Dios es el Dios que despeja caminos y abre puertas… “Josué hijo de Nun envió desde Sitím dos espías secretamente, diciéndoles: Andad, reconoced la tierra, y a Jericó. Y ellos fueron, y entraron en casa de una ramera que se llamaba Rahab, y posaron allí” (Jos. 2:1).

A ver, ¿alguien me explica por qué estos dos buenos cristianos se alojaron en la casa de una prostituta? Al conocer el final de la historia se podría espiritualizar la respuesta: Dios sabía lo que había en el corazón de Rahab (2:9-11) y guió a los espías hacia su casa. Pero estos muchachos, en el momento en que entraron a su casa, no conocían el final de la historia.

Al igual que Josué, yo también me hago preguntas. ¿Habrán intentado alojarse en otros lugares más “decentes” y nadie se lo permitió por miedo? Al fin de cuentas, las lenguas del pueblo aterrado se activaron y las noticias llegaron rápidamente hasta el rey (2:2).

Eso les quedó claro a los dos espías: a los jericoenses les temblaron las rodillas cuando creyeron discernir sus intenciones. Al volver a Sitím informarían a Josué: “Jehová ha entregado toda la tierra en nuestras manos; y también todos los moradores del país desmayan delante de nosotros” (Jos. 2:24). Rahab, la ramera, también tenía miedo; pero los dejó entrar. ¿Habrá sido esta la última puerta a la que llamaron? No lo sabemos. Pero sí sabemos que entraron.

Este “detalle” de la historia puede revelar mucho sobre la actitud de estos dos jóvenes excepcionales. No solo eran valientes, positivos y llenos de fe –como lo fueron Josué y Caleb durante su misión-, sino también tenían un corazón sin prejuicios. Es más, seguramente eran jóvenes que miraban más allá de los rótulos sociales porque sabían que Dios puede obrar a veces de maneras insólitas.

Este “detalle” de la historia puede enseñarnos mucho sobre la actitud que nos permite crecer en la fe: necesitamos hacer lugar en nuestra mente y nuestro corazón para aquello a lo cual no estamos acostumbrados.

Si queremos escribir una historia de fe, tenemos que ser conscientes de que habrá un momento en esa historia en que tendremos que dar lugar a algún elemento desconocido, temido o que no entra en nuestros cánones personales, sociales, religiosos o del tipo que sea. En ese momento no conoceremos el final de la historia, pero tendremos que avanzar igual, por más que la situación sea incómoda o desconocida.

Hace poco escuché un testimonio especial. El pastor que lo contó me hace pensar en estos dos espías; tiene su misma actitud, en que la fe y la gracia se unen, y lo desconocido es bienvenido.

Con mucho respeto contó sobre una “Rahab” que empezó a ir a su iglesia y que un sábado se le acercó para darle su primer diezmo… de lo que había ganado la noche anterior.

¿Desconcertante? No, si quieres escribir una historia de fe. No, si quieres darle lugar a Dios a seguir trabajando en el corazón de esta mujer. No, si algún día quieres alabar a Dios por su poder transformador en la vida de aquellos que lo buscan.

A veces, el Señor despeja caminos impensados o abre puertas ante las cuales tal vez fruncimos el ceño. En tales situaciones, recordemos el mensaje que Dios habló por medio de Isaías: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos […] Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos (Isa. 55:8, 9). Con cuánta paz deben de haber dormido en sus tiendas Josué y los dos muchachos cuando estos regresaron al campamento de Sitím. Tenían el camino despejado para comenzar la conquista de la Tierra Prometida. Tenían, además, el precioso encargo de salvar la vida de la tatarabuela del futuro rey David (Mat. 1:5, 6); y del que vendría después, Jesús, el Mesías. Un magnífico final para una magnífica historia de fe.

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Argentina residente en Berna, Suiza, Lorena Finis de Mayer es Traductora y Magíster en Comunicación Internacional. Desde hace varios años es columnista en la Revista Adventista y sus artículos son muy valorados por la exacta combinación de sencillez y profundidad.

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