Por Valeria Flores y Karl Boskamp.

Es lunes. La madre se despertó muy temprano a fin de iniciar la rutina semanal. En el horario indicado despierta a sus hijos, da las instrucciones de preparación y pone la pava. Una de sus hijas se acerca a su habitación, la observa y recibe uno de los recuerdos más valiosos de su infancia: observar a su madre orando y leyendo la Palabra de Dios. Finalmente, mochila en mano y guardapolvo puesto, todos están listos. Entonces la madre da la última indicación: pedir la dirección de Dios para ese día en particular. Arrodillados en la sala, los encomienda a Dios mediante la oración y luego parten a la escuela.

Entre los recuerdos cotidianos de mi educación primaria, suele llegar a mi mente la anécdota mencionada anteriormente. Un pequeño ritual de acciones muy sencillas que me ofrecieron una gran lección y una guía para lo que deseo para la familia que hemos formado con Karl.

En marzo, con el inicio de las clases, las actividades extraescolares y otros proyectos familiares, termina de configurarse la rutina familiar de los próximos meses. Mucho aprendizaje por delante para los más pequeños del hogar. Tal como lo enseña la Biblia, los padres podemos, y debemos, velar por aprendizajes y momentos que acerquen a nuestros hijos a la eternidad (Gen. 18:19; Deut. 6:5-9; Efe. 6:4; Isa. 38:19). Dentro de la rutina diaria, el culto familiar es una gran oportunidad que podemos aprovechar para esto.

Velar por el culto familiar puede implicar muchas cosas, y en esta ocasión queremos resaltar solo tres aspectos importantes:

1-El liderazgo espiritual de los padres: Elena de White afirma: “Era el plan de Dios que los miembros de la familia se asociasen en el trabajo y en el estudio, en el culto y en la recreación, el padre como sacerdote de su casa, y él y la madre como maestros y compañeros de sus hijos” (La educación, 250, 251). Toda la familia debe estar implicada en el culto familiar, pero la responsabilidad principal recae sobre ambos padres; no solo en lo que compete a la realización del culto familiar, sino además como modelos de consagración y devoción a Dios.

2-Planificación y creatividad: el culto familiar debe ser un momento feliz. Para alcanzar esto, se necesita de planificación y algo de creatividad. Elena de White aconseja: “Sean cortas y animadas las reuniones del culto familiar” (Conducción del niño, p. 494). También añade: “Padres y madres, cuidad de que el momento dedicado al culto de familia sea en extremo interesante. No hay razón alguna porque no sea este el momento más agradable del día. Con un poco de preparación podréis hacerlo interesante y provechoso. De vez en cuando, introducid algún cambio. Se pueden hacer preguntas con referencia al texto leído, y hacer algunas observaciones fervorosas y oportunas. Se puede cantar un himno de alabanza. La oración debe ser corta y precisa. El que ora debe hacerlo con palabras sencillas, fervientes; debe alabar a Dios por su bondad y pedirle su ayuda. Si las circunstancias lo permiten, dejad a los niños tomar parte en la lectura y la oración” (Testimonios selectos, t. 5, p. 18).

3-Regularidad: Uno de los principales desafíos que hoy debemos enfrentar en el seno de la familia es mantener la regularidad de los cultos. El ideal es que cada día, en una hora fija, se realice como familia un culto matutino y vespertino. El mantenimiento de la experiencia religiosa demanda esfuerzos sinceros y perseverantes. En este sentido, Elena de White sostiene: “El culto familiar no debiera ser gobernado por las circunstancias. No habéis de orar ocasionalmente y descuidar la oración en un día de mucho trabajo. Al hacer esto, inducís a vuestros hijos a considerar la oración como algo no importante” (Conducción del niño, p. 493).

Dios acompaña y bendice los esfuerzos de los padres que con perseverancia procuran seguir en sus caminos, y ha dejado numerosas promesas para animarlos (Deut. 5:29; Prov. 22:6; Isa. 54:13). “La eternidad sola pondrá en evidencia el bien verificado por esos cultos de familia” (Testimonios selectos, t. 5, p. 18).

Seamos fieles en dejar a nuestros hijos este precioso legado de consagrarnos diariamente en familia.

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