“Comprado con mi diezmo” fue la frase que encontré escrita en el vidrio trasero de mi automóvil al final de un sábado repleto de actividades. El vehículo, uno de los primeros que logramos comprar nuevo mi esposa y yo, no era extravagante. Fue una pena que el autor de la frase se fuera sin dejar pistas, ya que podría haberle contado cómo fue comprado, cuánto costó y de qué manera lo estábamos pagando.

Pasaron muchos años desde este incidente, pero aún me incomoda pensar que algunos insisten en denominar “mi diezmo” a los recursos que pertenecen exclusivamente al Señor. Cuando esto ocurre, permiten que el enemigo transforme un remedio poderoso en un veneno peligroso. A fin de cuentas, el diezmo fue establecido no solo para sustentar la obra del Señor, sino especialmente como una vacuna contra el egoísmo, “la esencia de la depravación” (Elena de White, Mente, carácter y personalidad, t. 1, p. 30). Sin embargo, cuando se lo encara de una forma posesiva, alimenta el mismo egoísmo que debería combatir.

El diezmo no es un recurso personal para ayudar a la iglesia o sustentar a los pastores (Gén. 14:18-20; 28:20-22; 2 Crón. 31:5, 6), sino propiedad del Señor, que debemos devolverle fiel e incondicionalmente (Núm. 18:20, 21; Lev. 27:32; Mal. 3:8-10). A pesar de este concepto bíblico tan claro, algunos todavía consideran al diezmo como un acto de generosidad personal. Por eso preguntan: “¿Qué están haciendo con mi dinero?”, insinúan que los pastores y los obreros viven a costa del sacrificio de los miembros fieles, critican a la iglesia cuando los recursos no son utilizados de una manera que ellos aprueban, y amenazan con retener “su diezmo” como forma de protesta o presión.

En estos casos, el egoísmo produce una enfermedad que, según Elena de White, envenena y amarga la vida (Nuestra elevada vocación, p. 27) y que “enceguece la visión e impide que la gente discierna sus obligaciones para con Dios o el prójimo” (Testimonios para la iglesia, p. t. 1, p. 421). La Biblia, por su parte, alerta que “raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Tim. 6:10).

Otras veces se utiliza el concepto “mi diezmo” para imponer preferencias particulares, intentando amoldar nuestra estructura administrativa, dirigentes y pastores a una visión personal. Por un lado, algunos que tienen una situación financiera más holgada desean tener pastores y líderes que se identifiquen con su nivel social, financiero e intelectual. Por otro, entre los hermanos que viven de forma modesta y con pocos recursos, también hay quienes desean contar con pastores y líderes que tengan vidas sencillas y que experimenten sus mismas dificultades.

La iglesia, sin embargo, no es exclusiva de los que menos tienen ni propiedad de los más ricos. La iglesia es para todos. Los dirigentes y los pastores deben vivir sin escandalizar a los más pobres ni avergonzar a los más ricos, buscando siempre un punto de equilibrio. Por eso, la iglesia les ofrece un nivel de vida medio. Sus salarios son limitados, los valores siguen el mismo esquema en cualquier posición o región y algunas ayudas específicas mantienen su dignidad. Es el mismo principio que tenían los levitas, que recibían tanto el 10 % de los más ricos como el 10 % de los más pobres.

El asunto es sensible, y debe ser evaluado con oración y responsabilidad. Así como Dios espera la visión correcta y una fidelidad sólida por parte de cada miembro de iglesia, los obreros, los pastores y los líderes también necesitan ser cuidadosos en el uso de los recursos que el Señor les confía, optimizando con buen criterio sus controles y priorizando las inversiones en la misión. Los recursos son del Señor y no pueden ser administrados como si fueran “mi diezmo”, sino de forma cuidadosa y fiel, recordando que, además de los informes presentados a la iglesia, darán cuentas directamente a Dios.

“Mi diezmo” es solo una expresión, pero es un síntoma que revela una crisis más profunda que ocurre dentro del corazón. No tiene que ver con el “acto de dejar una propina sobre la mesa de Dios”, sino con el “reconocimiento de una deuda impagable, contraída en el Calvario”, como ilustró Paul S. Rees, teólogo y escritor estadounidense. Por eso, pide al Señor que quite los rasgos de espíritu egocéntrico que haya en ti y que vuelva tu corazón cada día más cristocéntrico.

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Pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que actualmente sirve como presidente de la División Sudamericana. Tiene 47 años y es oriundo del estado de Río Grande do Sul, Brasil.

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One Response

  1. rhemius

    Esta claro que antes de la formación de la nación de Israel ya se devolvía el diezmo.
    ¿Cuál es el soporte bíblico sobre la entrega de diezmo durante y desarrollo de la iglesia cristiana?

    Responder

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