La Biblia enseña la vigencia y la obediencia a la ley del Decálogo, por ser esta una expresión del carácter de Dios y de su voluntad para el hombre (Sal. 119:172; Rom. 7:12; Sant. 2:10- 12). Sin embargo, muchos movimientos religiosos se oponen a esto como algo contrario a la gracia y a la justificación por la fe. Otros sostienen que ya no tenemos que obedecer los Diez Mandamientos porque fueron abolidos cuando Cristo murió en la Cruz. A continuación, vamos a analizar estas ideas a la luz de la Biblia.

UNA ACLARACIÓN FUNDAMENTAL

Lo primero que debe aclararse es que la Biblia no enseña que somos salvos por la observancia de la Ley, sino por gracia mediante la fe en Cristo (Rom. 3:21-24). Intentar justificarse por las obras de la Ley es tan inútil como ni siquiera hacerlo. Una de las funciones de la Ley es mostrar al hombre lo que es el pecado, pero no salvarlo de él (Rom. 3:20; 7:7). El único que puede librarnos del pecado es Jesús (Juan 1:29). ¿Significa esto que el Decálogo ya no tiene importancia? Por supuesto que no, porque todo aquel que ha sido salvo por gracia ha sido llamado a vivir una vida de obediencia como respuesta a la salvación recibida (Juan 14:15; 1 Juan 2:3-6; Apoc. 14:12). Cuando comprendemos esto, nos damos cuenta de que el apóstol Pablo no tenía problemas con la Ley, sino con el mal uso de esta; es decir, obedecerla no como una respuesta a la gracia, sino depender de ella como un instrumento de salvación (Gál. 2:16; 5:4).

UNA SIGNIFICATIVA DISTINCIÓN

Otro punto importante para considerar es la diferencia entre el aspecto moral y el ceremonial de la Ley. En la Biblia, “ley” es una palabra que en forma general designa toda la voluntad de Dios para su pueblo. Aunque la terminología Ley moral o ceremonial no aparece, sino sencillamente “ley”, un estudio de la Escritura muestra que la “ley” tiene un aspecto moral que es permanente, el cual se expresa en el Decálogo. Al mismo tiempo, existe otro aspecto ritual, que se abolió desde la muerte de Cristo.

El no percibir esta distinción puede llevar a ver contradicciones en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, cuando Pablo escribió a los efesios, afirmó que Cristo abolió “la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas” (Efe. 2:15). El verbo griego que usó aquí para afirmar que la Ley se abolió es el mismo que usa en Romanos 3:31 para afirmar que la Ley no se anula. Es evidente que para Pablo un aspecto de la Ley es permanente y el otro está anulado. ¿Cómo identificar cuál permanece y cuál no? En 1 Corintios 7:19, Pablo escribió: “La circuncisión nada significa, y la incircuncisión nada significa; lo que importa es guardar los mandamientos de Dios”. Para el apóstol la circuncisión ya no tiene valor, sino la obediencia a los Mandamientos. En Romanos 13:8 al 10, encontramos una lista de mandamientos que Pablo considera en vigencia, y que corresponden a los Diez Mandamientos. Así también, en Romanos 7:7, Pablo cita uno de los Diez Mandamientos y en el versículo 12 del mismo capítulo procede a decir que esta Ley “es santa, y el Mandamiento santo, justo y bueno”. Esto armoniza con Santiago 2:10 al 12, que enseña a guardar toda la Ley que contiene los mandamientos morales que prohíben el adulterio y el crimen. Aquí Santiago se refiere a los Diez Mandamientos, llamándolos “la ley de la libertad”.

Así, mientras que el Decálogo sigue en vigencia, los cristianos hemos sido desobligados de los ritos que apuntaban a Cristo (ver Heb. 9:9- 12). El tiempo hasta el cual permanecieron estas cosas fue hasta que llegó Cristo. Colosenses 2:16 y 17 afirma que todas aquellas ofrendas de comidas o bebidas, las festividades judías, lunas nuevas y los sábados ceremoniales eran “sombra” de lo que había de venir “pero el cuerpo es de Cristo”.

Por eso, desde la muerte de Cristo, los cristianos ya no sacrificamos corderos, ni celebramos las fiestas ceremoniales o la circuncisión (Dan. 9:27). Sin embargo, buscamos vivir en armonía con los principios del Decálogo, porque este contiene los mandamientos morales que regulan nuestra relación con Dios y con el prójimo (Mat. 22:36-40). Además, debe recordarse que una de las características del verdadero pueblo de Dios en el tiempo del fin será la fidelidad a estos mandamientos divinos (Apoc. 12:17; 14:12). RA

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