«El mal olor de una mosca muerta echa a perder el mejor perfume” (Ecl. 10:1, RVC).

Los olores son parte de nuestra vida y nos afectan más de lo pensado. En la Biblia, se narra que la reina de Saba llevó a Salomón especias. Se dice que uno de los perfumes que llevaba era el “Bálsamo de Judea”, perfume que por su costo y calidad era costumbre regalar a los reyes. Este perfume, proveniente de un arbusto, tenía fragancia amaderada, con un toque de aroma a limón. Cuando María volcó el perfume de nardo en los pies de Jesús, todos sintieron un aroma penetrante y atrayente, con intenso olor a miel, con trazas de azahar y jazmín. Dios le dictó a Moisés la receta de un incienso especial y único para ser usado solamente en el Tabernáculo (Éxo. 30:34-38). Nuestras oraciones suben hacia Dios como incienso, olor y perfume.

Cuando una partícula aromática volátil ingresa en las fosas nasales, queda adherida y envuelta por la mucosidad que recubre las fosas nasales interiormente. Dentro de la mucosidad es donde entra en contacto con los receptores olfatorios que están en el “techo” de las fosas nasales. El mecanismo para lograr identificar alrededor de diez mil olores distintos es tan complejo, que aún no se ha podido llegar a dilucidar.

En 2004, Richard Axel y Linda B. Buck fueron galardonados con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina por haber investigado este proceso. Ellos descubrieron que hay alrededor de mil receptores olfatorios en la nariz, y por cada receptor hay un gen establecido. Esto significa que el 3 % de todos los genes del ser humano están únicamente ligados al sentido del olfato, que en la nariz no alcanza a medir más que unos pocos milímetros cuadrados. Cada receptor percibe uno o algunos pocos olores distintos, y la suma de los múltiples olores percibidos es decodificada en la corteza cerebral, donde están las neuronas, pudiendo nosotros interpretar qué estamos oliendo.[1]

Al estudiar el funcionamiento de todos los sentidos (visión, gusto, tacto y oído), descubrimos que el tálamo, órgano ubicado en el centro del cerebro, recibe toda esta información y la discrimina antes de permitir que pase a la corteza cerebral. Esto significa que nosotros no advertimos todo lo que percibieron los sentidos porque el tálamo deja pasar solo lo más relevante. El sentido del olfato es el único que no tiene paso por el tálamo, recibiendo en la corteza cerebral todo lo que pudimos sentir. Siendo así, podemos deducir que lo que olemos actúa directamente, sin filtro, sobre nuestras neuronas y nuestros pensamientos. Las áreas del cerebro donde mayor cantidad de neuronas relacionadas con el olfato hay, es precisamente en las áreas donde se forman nuestras emociones.

Cuando sentimos un perfume que era similar al perfume que usaba un ser querido, hace muchos años, surgen emociones de recuerdo y complacencia. Contrariamente, sentir olor a quemado nos causa rechazo o miedo. El olor a suciedad causa rechazo, e incluso asco. Un alimento con un olor fuerte, extraño, produce asco y aun náuseas o vómitos, y esto nos protege de comer algo en mal estado.

Esto nos lleva a recapacitar sobre cómo queremos que afecte nuestro aroma a las personas que nos rodean, y principalmente a Dios. Porque cuanto más nos acercamos a Dios transmitimos aroma agradable a nuestro prójimo, y ese aroma, que es el Espíritu Santo, llega hasta lo más profundo de sus pensamientos. Al mismo tiempo, si no quebrantamos nuestro espíritu y tardamos en confesar nuestros pecados, no queriendo abandonarlos, es similar a una mosca en el perfume, que arruina todo lo que pudimos haber construido antes con la ayuda divina.

Es interesante que Dios, al percibir el olor del holocausto que ofreció Noé al bajar del arca, lo sintió como un olor grato (Gén. 8:21). No porque Dios se deleite en la carne quemada, sino porque el acto que producía ese aroma en realidad estaba simbolizando la redención de Cristo para el pecador, y gracias a eso Noé y su familia estaban limpios del pecado.

En cambio, al “oler” a la iglesia de Laodicea Dios siente el olor contaminado por el pecado, sin la redención de Cristo, y ese olor le produce asco, náuseas y vómito (Apoc. 3:16). “Porque para Dios somos grato olor de Cristo entre los que se salvan y entre los que se pierden: para estos, ciertamente, olor de muerte para muerte, y para aquellos, olor de vida para vida” (2 Cor. 2:15 y 16).


Referencias:

[1] Persaud KC, Marco S, Gutiérrez-Gálvez A, Neuromorphic Olfaction. Boca Raton (FL): CRC Press/Taylor & Francis, 2013. Capítulo 1, “Engineering Aspects of Olfaction”.

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