LECCIÓN Nº 3 (3º/17): LA UNIDAD DEL EVANGELIO

Gálatas 2:1-14

Antes de realizar su desarrollo teológico acerca de la justificación, Pablo continúa con su relato histórico para fundamentar su autoridad apostólica y, detrás de ella, la autoridad de su mensaje. Y en realidad parece hacerlo así porque los errores teológicos tienen consecuencias prácticas, o a veces errores en la práctica llevan a elucubrar errores teológicos que funcionan como mecanismos de racionalización para legitimar conductas equivocadas.

Pablo va a hacer su apología (defensa de una idea mediante argumentación) en favor de la justificación por la fe sola no meramente por una cuestión de precisión teológica, sino porque un error conceptual en este sentido lleva a errores de conducta, y desnaturaliza, desvirtúa y neutraliza el poder del evangelio. Además, amenaza la unidad cristiana y las relaciones interpersonales, como veremos hacia el final de nuestro comentario en relación con la “hipocresía” de Pedro (según la califica Pablo).

El argumento de Pablo parece apuntar a eliminar de la mente esa tendencia tan humana a confiar en la “autoridad” de los hombres –ocupen el puesto que ocupen dentro de la iglesia, o la cultura o la sociedad– como el criterio último de nuestras creencias y prácticas.

Ya había establecido que el evangelio que predicaba no lo había recibido de hombre alguno sino directamente de Dios (Gál. 1:11, 12). Él no necesita que las verdades recibidas directamente de Cristo cuenten con la aprobación de los hombres; llámense estos Pedro, Santiago o Juan. Claro, alguno podría argumentar que, con este criterio, en cualquier momento puede levantarse cualquier “loquito” dentro de la iglesia diciendo que ha recibido una revelación de Dios, que va en contra de la doctrina del cuerpo general de la iglesia, sin tener en cuenta el consejo de los demás. Pero Pablo, además de presentar que la autoridad de su mensaje proviene de una revelación directa de Dios, en el resto de la epístola (que veremos a partir de la semana que viene) presenta el FUNDAMENTO BÍBLICO de su mensaje, así como también lo hace en la Epístola a los Romanos. Es decir, hay una adecuada integración entre la EXPERIENCIA y la PALABRA REVELADA a los profetas, que es lo que no vemos en ciertos personajes que de tanto en tanto surgen dentro de la iglesia con el famoso latiguillo “Dios me mostró”, “Dios me dijo”, pero cuando uno confronta su supuesta revelación divina con la Palabra de Dios ve que su teología hace aguas.

Pablo describe así, entonces, su experiencia:

“Después, pasados catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también conmigo a Tito. Pero subí según una revelación, y para no correr o haber corrido en vano, expuse en privado a los que tenían cierta reputación el evangelio que predico entre los gentiles. Mas ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse; y esto a pesar de los falsos hermanos introducidos a escondidas, que entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud” (Gál. 2:1-4).

Pablo no pide autorización a los apóstoles para predicar su evangelio, pero sí lo comparte con ellos gozosamente. El resultado es que los apóstoles concuerdan con él, y a pesar de la presión ejercida por los maestros judaizantes no obligan a Tito a circuncidarse, siendo que el tema de la circuncisión era la cabeza visible del problema más profundo, del legalismo, propiciado por aquellos maestros equivocados que no entendían aún el evangelio.

“A los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros” (vers. 5).

Hay un dicho popular que reza: “Lo cortés no quita lo valiente”. A veces, los cristianos confundimos mansedumbre (una de las virtudes morales más identificativas del carácter cristiano) con debilidad, pusilanimidad, servilismo, obsecuencia. Pero forma parte también de la imitación de Cristo el tener la suficiente valentía, fortaleza, firmeza, para defender una verdad y sobre todo a la gente perjudicada por las razones que fueren. Pablo dice que “ni por un momento accedimos a someternos” a estos maestros judaizantes. ¿Por qué? ¿Porque tenía un ego tan grande que estaba defendiendo su propio orgullo o amor propio? No, porque lo que estaba en juego era que “la verdad del evangelio permaneciese” con los gálatas, y no fuera neutralizada e incluso eliminada de sus vidas, para ser suplantada por ese retroceso espiritual que implicaba el legalismo, la idea de que algo de lo humano puede conquistar o asegurar la salvación, en vez de confiar pura y exclusivamente en la obra redentora de Cristo.

“Pero de los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa; Dios no hace acepción de personas), a mí, pues, los de reputación nada nuevo me comunicaron. Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles), y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión” (vers. 6-9).

Aun cuando Pablo argumenta que la autoridad de su mensaje NO DEPENDE de la aprobación de los hombres, presenta el hecho de que, ADEMÁS, contó con el reconocimiento de “los de reputación” dentro la iglesia (obviamente, una alusión a los apóstoles Pedro, Santiago, Juan y otros, como luego lo menciona). De modo que, si estos maestros judaizantes querían desacreditar a Pablo, también tendrían que ir en contra del consenso apostólico. Los apóstoles le dieron “la diestra en señal de compañerismo”.

También es interesante, en este pasaje, el reconocimiento de ciertos dones y ministerios especiales asignados a distintas personas dentro de la iglesia. Hay gente que tiene mayores aptitudes para determinados servicios que otros. Según dice Pablo, a Pedro Dios le encargó el “ministerio de la circuncisión”; es decir, el énfasis de su ministerio estaría orientado a evangelizar principalmente al pueblo judío. En cambio, a Pablo Dios le encargó el “evangelio de la incircuncisión”; es decir, una predicación orientada especialmente al público gentil.

Así sucede hoy también en la iglesia. Hay gente cuyas capacidades están más bien orientadas al fortalecimiento interno de la iglesia, a afirmar en la fe a la hermandad, a ayudarla en su crecimiento espiritual y a sostenerla en las luchas de la vida, mientras que hay otro tipo de hermanos que parecen tener una capacidad más natural para comunicarse con quienes no conocen nuestra fe, y son grandes conquistadores de almas para Cristo. No son ministerios mutuamente excluyentes, y todos los cristianos deberíamos tratar de ser “pescadores de hombres”, pero hay que reconocer que algunos tienen un don más fuerte en un sentido que en otro.

“Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo cual también procuré con diligencia hacer” (vers. 10).

Como al paso, Pablo menciona algo que, en realidad, cuando reparamos en cómo era el estilo de vida de los cristianos en el libro de Hechos, notamos que estaba muy arraigado en su idiosincrasia espiritual: la solidaridad social (ver Hech. 2:44-46; 4:32-35). No se preocupaban solamente por la corrección doctrinal y ni siquiera solo por la comunicación oral de las buenas nuevas de salvación. Parte integral de su SER cristiano y de la misión de la iglesia era, mediantes acciones concretas, prácticas, en favor de los necesitados, mostrar la realidad del evangelio, el “evangelio practicado”. Para ellos, el evangelio no era una mera teoría digna de elucubraciones teológicas propias de una charla de café de intelectuales. Era algo para ser vivido, cuyo objetivo final apuntaba a hacernos mejores personas, más amantes y serviciales, más ayudadoras, más solidarias. Hoy, nuestra iglesia tendría mucho más poder, mucha más autoridad moral ante la sociedad y ante nosotros mismos, si formara parte de nuestra cultura adventista con un mayor énfasis la ayuda al doliente y necesitado. A veces, en nuestras iglesias cargamos el sábado de tarde con talleres para “estudiar” esto o aquello, todas cuestiones teóricas, pero cuánto bien nos haría si tuviésemos talleres teórico-prácticos de asistencia social, siendo que si abrimos los ojos del corazón veríamos cuántos necesitados hay dentro de nuestra propia congregación o apenas traspasamos las puertas de nuestros templos.

“Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos. Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?” (vers. 11-14).

Hay dos reflexiones que quisiéramos rescatar de este pasaje final de esta semana:

En primer lugar, el carácter de Pedro, y cómo, a pesar del poder del evangelio, algunos de nosotros tendremos que luchar toda la vida contra ciertas tendencias, ciertos defectos de carácter, lo cual no nos excluye de la salvación ni de poder prestar un servicio a Dios y a su causa. Ya, antes de la resurrección de Cristo, Pedro había mostrado ese rasgo tan común a la naturaleza humana que es dejarse influir por “la mirada del otro”, como dirían los psicólogos. En el Getsemaní, cuando la turba de soldados al servicio de los sacerdotes vino a apresar a Jesús, Pedro no tuvo empacho en tomar un arma y tratar de defender al Señor mediante el uso de la fuerza y la violencia. Pero, estando en el patio de Anás, mientras Jesús era juzgado por los sacerdotes, y formando parte de un grupo de personas que estaban allí calentándose en medio del frío de la noche, Pedro siente el peso de la presión social. Tres veces algunos de los que estaban allí lo identificaron como seguidor de Cristo, y Pedro tres veces, ante el temor al ridículo, a la burla, al rechazo social, y seguramente también ante el temor a correr la misma suerte violenta que estaba corriendo Jesús, niega tener relación alguna con su Maestro.

Por supuesto, Pedro fue amplia y generosamente perdonado por la grandeza y la ternura del corazón de Jesús, y restaurado a su posición de hijo de Dios, de salvado, de discípulo e incluso de liderazgo espiritual dentro de la iglesia. Y uno podría pensar que, a partir de entonces, fue totalmente curado de este defecto de carácter. Lo vemos en el libro de Hechos enfrentando valientemente a la autoridad de los sacerdotes, incluso cuando es llevado a la cárcel y amenazado en su integridad física (Hech. 2:14-42; 3:11-26; 4:1-22; 5:17-42).

Sin embargo, ahora, en el episodio relatado por Pablo en Gálatas, vemos que nuevamente cede ante la presión social; en este caso, ya no por parte de los “enemigos” del cristianismo, como podrían ser los fariseos y los sacerdotes judíos, sino por parte de hermanos mismos de la iglesia. Y esta es quizá una de las pruebas en las que más fácilmente caemos los cristianos, porque para nosotros es natural esperar que tengamos que enfrentar presiones que atenten contra nuestra integridad moral por parte de los que no conocen a Cristo o no comparten nuestra fe. Pero, cuando estas presiones vienen de adentro de la misma iglesia nos “agarran con la guardia baja”, porque no esperamos que esto suceda dentro del pueblo de Dios, pero lamentablemente sucede, a veces. Pedro, que antes departía libre y gozosamente con los nuevos conversos provenientes del mundo gentil, cuando llegaron de visita hermanos cristianos de origen judío empezó a apartarse de estos nuevos conversos, a tomar distancia de ellos, a decir con sus gestos, como había dicho mucho antes acerca de Cristo con palabras: “No los conozco”. Lo peor es que esta actitud de este líder espiritual no solo lo afectó a él, sino también “en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos”. En otras palabras, su ejemplo desmoralizaba a la iglesia, en el sentido de que fomentaba un modelo de cristianismo erróneo y alejado del espíritu y las enseñanzas de Cristo. De allí que Pablo no pudiera pasar por alto esta desviación de la verdad.

Pablo, entonces –y aquí viene nuestra segunda reflexión–, no tiene empacho en confrontar a Pedro, incluso públicamente, por causa de su error no simplemente teológico sino ético, algo que en los días que corren nos puede parecer “políticamente incorrecto”. Normalmente, en nuestra cultura eclesiástica, tenemos la tendencia –en gran medida pero no absolutamente correcta– de evitar las discusiones, las peleas, la confrontación. Si algún líder se equivoca en algo, nuestra ética nos dice que no debemos disentir con él en público sino, a lo sumo, hablar en privado para presentarle nuestros puntos de vista. Pero, cuando ese error de ese líder puede, precisamente por la posición de liderazgo e influencia que tiene esa persona, arrastrar a otros en su mal ejemplo y brindar una idea no solo errónea sino también perversa del evangelio, pareciera, por el ejemplo de Pablo, que hay que hacer notorio el error a la iglesia.

Así lo dice Pablo también en otra de sus epístolas:

“A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman” (1 Tim. 5:20).

Pablo dice que Pedro, Bernabé y otros “no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio”. Y notemos que, en este caso, el no andar “rectamente” y de acuerdo “con la verdad del evangelio” no se trata simplemente de una discusión doctrinal, sino que tiene que ver con conductas morales que van totalmente en contra de la esencia del cristianismo, que es el amor. La discriminación hacia cualquier grupo social de dentro o fuera de la iglesia no solo es una contradicción a la ética cristiana enseñada y ejemplificada por Jesús sino también atenta contra la unidad de la iglesia. De allí que Pablo sintiera que debía actuar con energía para prevenir esta desviación de la fe, aun cuando eso pudiera incluir “desacreditar” a un líder de la prominencia de Pedro.

¿Debemos, en pos de la unidad de la iglesia, callarnos la boca cuando se están haciendo dentro de la iglesia cosas que van en contra de la “verdad del evangelio”? ¿Es la unidad por la unidad misma o lo importante es unirse “en la verdad”, en Cristo? La unidad no parece ser un fin en sí mismo, como si ella fuese importante independientemente de su contenido. En tal caso, es una unidad vacía de contenido, vacía de sentido.

Ante todo, Pablo le pide a Pedro que sea COHERENTE con su fe, que no haya doblez en él: “Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?”

De allí en más, y a partir de este ejemplo práctico de cómo ideas erróneas pueden llevar a conductas nocivas, tóxicas, Pablo va a empezar a presentar la verdad de la justificación por la fe, mediante argumentos y por medio del fundamento de la Revelación bíblica. Pero esto lo veremos a partir de la semana que viene.

Que Dios nos bendiga a todos para que haya un acuerdo interno entre lo que profesamos y lo que vivimos, como cristianos. Que haya autenticidad y congruencia en nuestra fe. Y que, aun cuando busquemos siempre la paz, el buen trato y la unidad, tengamos, por la gracia de Dios, la valentía de defender la verdad, y a la gente, con suficiente fuerza cuando lo situación lo requiera.


COMENTARIOS DE MARTÍN LUTERO

Seguimos incluyendo comentarios de Martín Lutero en relación con la Epístola a los Gálatas, con la salvedad de que lo hacemos no porque creamos que Lutero era infalible. No siempre podemos coincidir en todo con lo que él pensó y escribió. Pero transcribimos estos textos para la reflexión y para que rescatemos de ellos lo que encontremos más valioso, ejerciendo siempre nuestro juicio crítico, y teniendo en cuenta que Lutero, al igual que tantos otros hombres de Dios que cumplieron una misión especial, escribió bajo el fragor de las luchas espirituales que sostuvo contra la autoridad eclesiástica de sus días, y quizá no siempre fue equilibrado, y en algunas cuestiones presentó un énfasis desmesurado.

“Por lo demás, el peso principal de esta controversia no reside en definir qué son ‘obras de la ley’, sino en poner en claro cuál es el motivo para hacerlas: la necesidad, o la libertad. En efecto: si Cristo mató las obras de la ley y la ley misma, y les puso fin (Ro. 7:4; 10:4), no lo hizo en el sentido de que ya no se las deba practicar en modo alguno (como San Jerónimo, influido por su maestro Orígenes, sostiene en más de una oportunidad), sino solo en el sentido de que la salvación debe ser recibida sin ellas, en fe, por medio de Cristo solo, quien es el fin de la ley, y con miras a cuyo advenimiento fueron dadas las leyes. Pues una vez que Cristo hubo venido, él abrogó las obras de la ley de tal manera que ahora se las puede hacer o no hacer a voluntad; pero bajo ningún concepto pueden ser consideradas ya como algo obligatorio”.

“Es por esto también que el apóstol escoge tan cuidadosamente sus palabras; no dice ‘no quiso, no era lícito’ sino ‘no fue obligado a circuncidarse’. El circuncidarse en sí no habría sido un acto reprochable; pero obligarlo a uno a someterse a la circuncisión como si ésta fuese un requisito necesario para ser justificado, ahora que el solo Cristo nos hace justos por su gracia, esto sí habría sido un acto reprobable, y una ofensa contra la gracia justificadora de Cristo. Por ende, desde que vino Cristo, las obras de la ley están en un mismo plano con las riquezas, la honra, el poder, el correcto comportamiento como ciudadano o cualquier otro bien de este tiempo presente: no por tenerlos eres mejor a los ojos de Dios, y no por carecer de ellos eres peor. Más que censurable serías, en cambio, si afirmaras que tales cosas las necesita el hombre para poder agradar a Dios”.

“A esto se refiere Pablo aquí al hablar de ‘sumisión’ y ‘esclavitud’. Pues la ‘libertad’ que el apóstol ensalza, y que según sus palabras ‘poseemos en Cristo’, consiste en que no estamos atados en modo alguno a ni una sola obra exterior, antes bien, somos libres para hacer lo que nos plazca, respecto de quienquiera, en cualquier tiempo y forma, excepto allí donde ello atente contra el amor al hermano y contra la paz, como se lee en Romanos 13 (vers. 8): ‘No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros’. Por consiguiente –como Pablo dirá algo más adelante, en el capítulo 3 (vers. 28)– el verdadero cristiano no es ni libre ni esclavo, ni judío ni gentil, ni hombre ni mujer, ni clérigo ni laico, ni religioso ni secular; no reza ni lee, no hace ni deja de hacer, sino que está en una posición de completa libertad frente a todo. Hace lo que le viene a la mano, y deja sin hacer lo que se sustrae a su mano, tal como Samuel dijo a Saúl en 1 Samuel 10 (vers. 6, 7): ‘Serás mudado en otro hombre’, y ‘Haz lo que te viniere a la mano, porque Dios está contigo’. Pero si el uno roma mujer, el otro entra en un monasterio, y el tercero se deja contratar para alguna otra actividad, no lo hace porque la ley le obligue a ello, sino que por su propia voluntad se ‘sujeta a la esclavitud’. Si lo hace por amor, hace muy bien; en cambio, si lo hace porque se siente obligado, o por temor, no obra como un cristiano sino simplemente conforme a lo que es humano”.

“No hay ninguna obra de la ley que sea necesaria para poder alcanzar salvación y justicia, puesto que la ley está muerta y ya no tiene fuerza obligante. Sin embargo, cada cual tiene la libertad de hacer las obras prescriptas en la ley siguiendo los impulsos del amor, pero no como obras impuestas por la ley”.

“Por consiguiente, Pablo lucha en contra de la obligación y a favor de la libertad. Pues para que seamos justos, lo único ‘obligatoriamente necesario’ es la fe en Cristo; todo lo demás queda a nuestra entera libertad, y ya no está sujeto ni a mandatos ni a prohibiciones”.

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