Comentario lección 13 – Tercer trimestre 2016

Llegamos al final de estas lecciones tan importantes, que nos hablan de aquello en lo que realmente consiste el cristianismo, en su esencia fundamental y su propósito último: hacer de nosotros personas llenas de amor y misericordia práctica, activa, concreta, especialmente en favor de los necesitados y sufrientes.

Son lecciones que ordenan nuestros valores. Cuántos de nosotros, quizá, estamos obsesionados con aspectos de la vida cristiana y, específicamente, adventista, que si bien son muy importantes, especialmente en el contexto escatológico en el que vivimos, no son la esencia del cristianismo. Nos obsesionamos con el estudio de las profecías bíblicas; nos convertimos en expertos en escatología; discutimos acerca de la cronología profética y polemizamos acerca de si hay que poner fechas o no para la segunda venida de Cristo, y por esta causa a veces dividimos a la iglesia; estamos pendientes de cada movimiento que hace el Gobierno de los Estados Unidos o el Papa; lanzamos acusaciones hacia los hermanos que parecen estar dormidos porque no están al tanto de cada nuevo acontecimiento político del panorama mundial. Pero, nuestra religión es solo teórica, teológica, en el plano intelectual. A la hora de la verdad, carecemos de la ternura y el amor de Cristo, somos gente combativa, agresiva, y como el sacerdote y el levita de la parábola de Jesús, pasamos de largo frente a nuestro prójimo en necesidad.

Sin embargo, en los textos principales de la lección de esta semana, Jesús nos muestra la mejor manera de esperar su segunda venida.

En Mateo 24, Jesús presenta lo que solemos denominar “señales” de la proximidad de su segunda venida, que en realidad es una descripción de las condiciones imperantes en la Tierra y en la historia humana que prevalecerán hasta su regreso, y se irán acrecentando, porque estamos inmersos en un mundo de pecado, en medio del “terrible experimento de la rebelión”.

Pero, en Mateo 25, nos cuenta tres parábolas acerca de la PREPARACIÓN para ese momento feliz pero solemne de su retorno a la Tierra:

1) PARÁBOLA DE LAS DIEZ VÍRGENES: en esta parábola, Jesús nos muestra que, en primer lugar, y como fuente y motor de lo que enseñan las dos siguientes parábolas, nuestra espera de la Segunda Venida debe ser una espera ESPIRITUAL, mediante una búsqueda de la UNCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO. Tenemos las lámparas, con la luz de la Palabra de Dios. Pero si ese conocimiento bíblico es solo un conocimiento intelectual, sin la unción del Espíritu, que le da vida a la Palabra, nuestra religión será solo una linda teoría, sin que la Palabra llegue a afectar profundamente nuestra vida más íntima y nuestra conducta. Solo el Espíritu Santo nos puede hacer estar VIVOS espiritualmente, y llenarnos de su luz, de su calidez, de fe, de pureza, y sobre todo del amor de Dios, que es nuestra mayor necesidad.

2) PARÁBOLA DE LOS TALENTOS: aquí, Jesús nos invita a aguardar su Venida de una manera positiva, creativa, responsable, cultivando nuestras capacidades en vez de enterrarlas incluso por una falsa humildad o por tener una baja autoestima, y sobre todo poniéndolas al servicio del Reino, de la causa del evangelio. Nos invita a cultivarnos como personas, a crecer, a desarrollar las facultades con las que nos dotó (inteligencia, juicio moral, capacidades físicas, salud, simpatía, dones creativos o artísticos, habilidades manuales o intelectuales, etc.). A no estancarnos y quedarnos en la comodidad egoísta y la mediocridad. Es una espera fructífera.

3) PARÁBOLA DE LAS OVEJAS Y LOS CABRITOS: con esta parábola, llegamos al clímax de lo que Jesús nos indica como la mejor forma de aguardar su venida. En ella, Jesús no nos insta, como prioridad en cuanto a la preparación para esa venida, a estar pendientes de los diarios, de las noticias, a convertirnos en expertos en las intrincadas cuestiones proféticas (sin desmerecer el lugar que esto tiene en nuestra experiencia cristiana). En cambio, nos señala que la mejor forma de esperar su retorno glorioso es ocupar nuestro tiempo de espera en aliviar todo lo que podamos el sufrimiento humano. Jesús viene pronto, y en ese momento resolverá todos los problemas que hoy nos agobian como humanidad, y eliminará para siempre el dolor. Pero, en el mientras tanto, la gente sufre, padece hambre, injusticias, dolor, enfermedades. Y no hay mejor manera de esperar su venida que, en la medida de nuestras posibilidades (y las que Dios nos dé), vivir para hacer el bien al prójimo, para bendecir, para ayudar, para auxiliar, para dar una mano al necesitado y sufriente.

Y es que esta es la mejor forma de prepararnos para el cielo. Allí no hay ningún vestigio de egoísmo, de autocomplacencia, de vivir para el yo. Por el contrario, el clima que se respira allí es el del amor abnegado, de la misericordia, del servicio continuo. Y precisamente el propósito del plan de redención es que aprendamos aquí a vivir como esperamos vivir allá, a empezar aquí a aclimatarnos en función del cielo.

UNA VIDA PIADOSA

Pedro, en su segunda epístola, en su capítulo final, ese capítulo tan escatológico, también nos exhorta a tener la actitud adecuada en vista del portento de la segunda venida de Cristo:

“Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!” (2 Ped. 3:11, 12).

La exhortación de Pedro habla de que, en vista de la venida de ese día tan solemne y glorioso, debemos andar (comportarnos) en una manera de vivir santa y piadosa.

Una manera de vivir santa tiene que ver, por un lado, con una conciencia de haber sido “apartados” para Dios, del mundo, para ser sus hijos, salvados por la sangre de Cristo. Por el otro, alude al cultivo de una manera de vivir alejada del pecado (la rebelión contra Dios, la autonomía con respecto a él) y de los pecados (conductas inmorales impropias de quien lleva el nombre de Cristo).

Pero, lo más notable es que nos habla de una “piadosa” manera de vivir. Y es muy significativo que cuando el Diccionario de la Real Academia Española define las palabras piadoso o piedad incluya tanto el aspecto vertical (nuestra relación con Dios) como el vertical (nuestra relación con el prójimo):

piedad

“Del lat. piĕtas, -ātis.

“1. f. Virtud que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas, y, por el amor al prójimo, actos de amor y compasión”.

piadoso, sa

“Del ant. piadad ‘piedad’ y -oso2.

“1. adj. Benigno, blando, misericordioso, que se inclina a la piedad y conmiseración.

“2. adj. Dicho de una cosa: Que mueve a compasión o se origina de ella.

“3. adj. Religioso, devoto”.

De modo que una piadosa manera de vivir entraña ser una persona profundamente religiosa, llena de devoción por Dios (dimensión vertical), y que inspirada en ese amor a Dios y a las cosas santas se prodiga en una vida llena de amor al prójimo, mediante actos de amor y compasión (dimensión horizontal).

Deseo de corazón que las reflexiones de este trimestre no queden en el olvido, como una lección más, sino que el Espíritu Santo pueda grabarlas profundamente en nuestros corazones, para que por su gracia y su poder vivamos lo que reste de nuestra peregrinación hacia el Reino de los cielos como Cristo, que “anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hech. 10:38).

¡Qué hermoso sería que Dios y la gente pudiera sintetizar así una semblanza de nuestra propia vida! Y esto es posible por la gracia de Dios y la acción santificadora del Espíritu Santo, nuestra mayor necesidad.

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