Comentario lección 9 – Tercer trimestre 2016

Continuamos reflexionando en el modo, o manera, en que Jesús cumplía su misión redentora en el mundo, según la famosa cita de Elena de White, y vemos que además de mezclarse con las personas, hacer evidente que deseaba su bien, y tener y mostrar simpatía por las personas, Jesús las ministraba (servía) en sus necesidades. El texto clave de esta semana nos da una síntesis del tipo de necesidades que Jesús suplía:

“Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mat. 9:35).

Sin pretender ser dogmáticos en la explicación de lo que entrañaba cada una de estas dimensiones de su obra redentora, podemos pensar que Jesús atendía las necesidades:

1) Intelectuales (“…enseñando en las sinagogas…”): Si bien la enseñanza de Jesús no versaba sobre ciencias (historia, filosofía, geografía, matemáticas, etc.), sino que era de contenido eminentemente religioso, el ser humano tiene una necesidad (por no decir un instinto) de querer saber, querer conocer, querer entender. Y Jesús, en este sentido, no solo era EL Maestro por excelencia, por ser Dios y venir a revelar la luz de ese mundo superior del cual él procedía, sino también por lo didácticos que eran sus recursos de enseñanza. Él venía a aclarar las cosas del Reino de los cielos, una necesidad muy sentida por la sociedad religiosa en la que se desenvolvía.

2) Espirituales (“…predicando el evangelio del reino…”): Es difícil trazar el límite entre la enseñanza religiosa y la predicación religiosa. La predicación tiene mucho de enseñanza y viceversa. Sin embargo, podríamos pensar que la predicación tiene más un tono de proclama y de exhortación, y su acento quizá no esté puesto tanto en los aspectos cognitivos y racionales (sin desconocerlos) como en los aspectos emocionales, morales y volitivos de nuestra relación con Dios, y la reflexión profunda (ejercicio no irracional pero sí suprarracional, que excede la razón y busca la conexión con el sentido de la vida, con la relación con Dios, con lo que nos pasa por dentro). La predicación siempre es un llamado a la acción, a vivir de acuerdo con lo que se está predicando.

3) Físicas (“…sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo…”): A Jesús no le preocupaban solamente las necesidades estrictamente espirituales y religiosas de los hombres, sino también su bienestar físico y temporal. Por eso, encontramos que la mayor parte del registro de los evangelios consta más de los “actos” de Cristo en favor de la gente, atendiendo sus necesidades temporales, que de las “palabras” de Cristo. Y es que sus actos eran ya todo un maravilloso sermón viviente de la realidad de Dios en el mundo, y de su amor y su poder en favor de las personas.

En relación con esta cuestión de atender las necesidades de la gente, ustedes saben que es famosa la pirámide motivacional, o de las necesidades, del psicólogo Abraham Maslow. Él entiende que toda conducta humana responde, en última instancia, al deseo de satisfacer una necesidad (o varias). Es decir, las motivaciones están basadas en necesidades que deben ser satisfechas. Él ideó una pirámide que en la base tiene las necesidades más primarias del hombre (alimentación, seguridad, abrigo, techo), y que va ascendiendo hasta las necesidades superiores (autoestima, reconocimiento social, autodesarrollo).

En este sentido, el ser humano tiene necesidades sentidas (o percibidas), por lo acuciantes que son, y que uno percibe fuertemente, incluso lacerantemente, en algunos casos. A una persona que está muerta de hambre, o que pasa frío, o que está enferma, nadie necesita venir a decirle: “Lo que necesitas es comida, abrigo y salud”. Es algo que la persona lo siente a flor de piel.

Pero, también están las necesidades no sentidas (o percibidas), que son tan reales como las otras –y cuya falta de satisfacción a la corta o a la larga se nota, y es la causante de la mayor parte de los males sociales–, pero de las cuales no todas las personas son conscientes. De este tipo de necesidades es que se ocupan disciplinas humanísticas como la filosofía, la psicología, el arte y, eminentemente, la religión. Utilizando la fraseología de Jesús, “no solo de pan vivirá el hombre”. El ser humano tiene necesidades de índole espiritual (no necesariamente religiosas) y psicológica (encontrarle sentido a la vida; sentirse querido, apreciado; pertenecer a un grupo; sentirse realizado como persona, y en lo familiar, en lo artístico, en lo deportivo, en lo profesional, etc.), y por sobre todo de carácter religioso. Esta última es la necesidad suprema del hombre, y lamentablemente hoy por hoy la menos percibida, sobre todo debido al proceso de secularización que viene sufriendo nuestra sociedad desde los tiempos de la Modernidad.

Jesús atendía todo tipo de necesidades, al dar de comer a multitudes con apenas unos pocos panes y peces; al sanar a tantos enfermos, como registran los evangelios; al resucitar muertos; al salvar a sus amigos de peligros mortales como recias tempestades en medio del mar. Pero, sobre todo, al presentarles a los hombres la confianza en el amor y el cuidado de Dios; al revelarles la existencia de un mundo mejor al final de la historia, como la gran esperanza de los creyentes y, sobre todo, al revelarse a sí mismo como el Salvador de la humanidad, mediante su sacrificio inefable en favor del hombre y, de esa manera, suplir su mayor necesidad, la de Redención.

Como iglesia y cuerpo de Cristo –sus pies y sus manos sobre la Tierra–, también somos llamados a tener una visión integral de las necesidades de la gente, y a trabajar por atenderlas. Somos llamados a tender una mano al enfermo, al pobre, al indigente, a los sin techo. Pero también a ayudar al solo, al deprimido, al angustiado, al conflictuado. A veces, lo único que podemos hacer y que mucha gente necesita es prestar un oído atento, respetuoso y compasivo, para escuchar a quienes no tienen quiénes los escuchen. Y, sobre todo, presentarles en Jesús a su gran Auxiliador celestial en cualquier contingencia de la vida, quien es especialmente su Redentor, y su esperanza segura de un mundo mejor y de una vida que trascienda a esta corta existencia terrenal.

Las siguientes son algunas de las necesidades humanas que podemos atender como individuos y como iglesia, y qué acciones efectivas podríamos realizar en favor de los que nos necesitan. ¿Cree usted que esto es una utopía? ¿O sería factible si muchos de nosotros estuviésemos dispuestos a donar, dentro de nuestras posibilidades, nuestra capacitación profesional, nuestros dones, parte de nuestro tiempo y de nuestros recursos, y si nos organizáramos como iglesia local, como Asociación, etc., para, unidos, llevar a cabo estas tareas?:

Techo donde cobijarse para los “sin techo”. Crear refugios para indigentes en cada Asociación.
Alimento para los indigentes. Comedor comunitario en cada iglesia o distrito eclesiástico.
Apoyo escolar para chicos sin recursos. Espacio dentro de la iglesia con docentes que donen horas de enseñanza como su obra misionera.
Salud dental para gente de bajos recursos o indigentes. Habilitar salitas de atención profesional gratuita en cada iglesia o distrito con profesionales voluntarios que destinen una parte de su tiempo a esta obra misionera.
Examen clínico para personas de bajos recursos o indigentes. Igual que punto anterior.
Apoyo psicológico para personas de bajos recursos o indigentes. Igual que puntos anteriores.
Compañía en hospitales para gente solitaria. Formar grupos de acompañamiento, especialmente por las noches, para gente hospitalizada que no tiene quién la cuide.
Abrigo para indigentes. Compra y distribución de bolsas de dormir, frazadas y hasta quizá pequeñas carpas para indigentes que no pueden ser colocados en los refugios anteriormente mencionados.
Capacitación laboral y necesidad de trabajo Habilitar espacios físicos y humanos dentro de cada iglesia o distrito para capacitar laboralmente a indigentes o gente de bajos recursos, y crear una bolsa de trabajo en cada iglesia.
Instrucción sobre una vida sana física, mental y moralmente. Charlas de orientación sobre salud física, mental, moral y espiritual en cada iglesia, con profesionales competentes (esto se puede realizar como un programa para toda la iglesia de forma permanente, e invitar al vecindario permanentemente).

 

La lista podría extenderse largamente, pero estos son solo algunos ejemplos de necesidades que tienen muchas personas en nuestra sociedad actual y urbanizada, y cómo podríamos suplirlas, si aprendemos a amar como Cristo y a organizarnos sabiamente para brindar una ayuda efectiva, consuetudinaria, y no solo eventual, para producir un “impacto” o para calmar nuestra conciencia.

Como lo señala la lección, este servicio a la humanidad muchas veces requerirá de nosotros el suficiente amor y abnegación como para estar dispuestos a ser interrumpidos en nuestra inercia, nuestro tráfago, nuestras propias necesidades. No es fácil salirse del camino (como el buen samaritano y como Jesús en tantas ocasiones, sacrificando aun su necesidad de descanso), interrumpir nuestras propias cuestiones, para tender una mano al necesitado. Pero necesitamos cultivar, por la gracia de Dios, una DISPOSICIÓN al servicio, a la ayuda, sobre todo quienes en general no tenemos DISPONIBILIDAD de tiempo y recursos para brindarnos a otros. Pero ciertamente este servicio no solo beneficiará a quienes nos necesiten, sino también nos proporcionará aquello que realmente puede llenar de sentido y propósito nuestra vida, y que encierra su propia recompensa, que es la felicidad de haber podido ser de ayuda a alguien que sufre.

Que el Espíritu de Dios nos llene de su amor, de poder, de abnegación, como también de inteligencia, para tener esta disposición siempre lista para el servicio, para el auxilio, para la ayuda a nuestro prójimo en su necesidad.

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